Colònia de Sant Jordi – Cala Gamba. ¿Y ahora qué?

Colònia de Sant Jordi – Cala Gamba. ¿Y ahora qué?
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A las siete de la mañana del día 9 de setiembre tomábamos un café en el bar El Puerto de la Colonia de Sant Jordi. Gaspar sería el tripulante en aquella jornada, un amigo que hicimos durante la Volta, seguidor de nuestro facebook y que tuvo la deferencia no sólo de acercarse a conocernos personalmente en Cala Ratjada, sino también de embarcarse en la etapa final. Caminamos por el muelle con las primeras luces y, vista la calma, con la certidumbre de que sólo algunos pescadores se habían levantado antes que nosotros.
Las sensaciones y predisposición antes de salir a navegar son importantes, para bien y para mal. Aquel día estaba en un estado de cierta dejadez, como si confiara en que el mar y el viento por si solos tuvieran que acabar el trabajo de consumar la Volta. Cuando nos embarcamos y soltamos amarras, pese a que la brisa era muy débil, no tuve la voluntad de remar para acelerar el ritmo de la travesía, me aferraba a la idea de que aquella seria una etapa descansada, como si el barco supiera el camino que debía recorrer. Pero, como siempre, la mar es exigente y nos pediría explicaciones más adelante por no haber sido suficientemente diligentes.
Sí, es cierto que las primeras horas enfilábamos con la proa el Cap Blanc, la puerta a la bahía de Palma, y parecía que íbamos derechos a nuestro destino, pero también lo es que si hubiésemos hecho caso a las previsiones habríamos actuado con cierta estrategia para situarnos mar adentro. Podíamos haberlo hecho aprovechado el terral débil, que recibíamos al largo, curarnos en salud ante la anunciada entrada de viento de Poniente, que se nos pondría justo por la proa si se levantaba antes de superar el cabo y que habríamos podido encarar con mejor ángulo situados más hacia fuera. Pero, con cierta inconsciencia, manteníamos rumbo al camino más corto, que en el mar no siempre es el más rápido.

En efecto, no hicimos lo pertinente para evitar que el viento nos fuera contrario a unas dos millas del Cap Blanc que, como no podía ser de otro modo, jugaba a generar roles y corrientes. La ingenua esperanza inicial se basaba en que el embat, el viento térmico habitual, nos estaría esperando con los brazos abiertos y que nos recogería muy pronto. La realidad fue que, bajo la influencia de los acantilados, el viento ahora te permitía un bordo bueno para después permitirte otro que no sabías si te hacía avanzar o retroceder. No fue hasta las tres y media de la tarde que no superamos ese punto, de nuevo demasiado optimistas al pensar que a partir de entonces todo sería más fácil: otro augurio erróneo. El Poniente y la corriente nos empujaban hacia las rocas; ahora sí que era imprescindible coger los remos y bogar. Sentíamos la respiración de las rocas demasiado cercanas y el viento no era ni suficiente ni favorable para alejarnos. Pasamos el Cap Roig con Gaspar situado al timón y intentando aprovechar el viento escaso, y conmigo a los remos preocupado porque veía que se hacía tarde, que el día avanzaba y que nos quedaban todavía una decena de millas; a ese ritmo, no las cubriríamos con la luz del sol.
Mientras, habíamos ido recibiendo llamadas de familiares y amigos que querían saber a qué hora nos podían ir a recibir en Cala Gamba. Pese a que navegar era nuestra dedicación perentoria, la sensación de responsabilidad de saber que estaban allí se hacía notar, no los queríamos decepcionar ni que se preocuparan.
Viendo el panorama, no tenía claro como saldríamos de aquello. A un cuarto para las seis de la tarde flotábamos con poca convicción bajo las rocas del Cap Regana. Necesitaba, como mínimo, pararme a comer y beber si, como parecía, la única salida que nos quedaba era ponernos a remar en serio para llegar a una zona protegida donde, incluso, pasar la noche si no nos veíamos capaces el destino final. Allí no había ningún lugar seguro, posiblemente Cala Blava era el primero donde podríamos tirar el ancla con ciertas garantías. Si la decisión acababa por ser llegar a remo a Cala Gamba, era necesario mentalizarse para remar un mínimo de cuatro horas, dando por seguro que navegaríamos de noche y que a cada momento estaríamos más cansados.
La mar nos quiso decir que no vale acercarse a ella de forma inconsciente, cuando nos lo hubo recordado decidió mostrarse complaciente. Y es que mientras pensaba en cómo superar la situación, se estableció un viento del sur providencial –que estaba anunciado pero que, viendo la hora que era, pensaba que ya no entraría-, se alzó a las seis de la tarde y, después de todo un día haciendo un camino lento o a contracorriente, comenzamos a navegar al largo, el barco reía de nuevo y el GPS marcaba velocidades de cuatro nudos. De la preocupación pasamos al disfrute, un cuarto antes de las ocho ya estábamos en la bocana de Cala Gamba. Era el día 9 de setiembre, el final de la Volta.
Mientras plegaba velas y me preparaba para entrar a remo, salieron dos barcos con representantes del Club, Antoni Estades, el presidente; Pere Reus, delegado de vela, y también Toni Jover, presidente de la Associació de Vela Llatina de Mallorca, todos implicados en la delicada misión de transportar una carga tan preciada como mi madre, mi mujer y mis hijas, hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos. Fue un momento de sonrisas, de una celebración tan humilde y bella como nuestro modo de navegar, con pancartas pintados por los niños. En la bocana, mi padre esperaba con aquel porte de persona de tierra que ha accedido excepcionalmente a acercarse a los barcos, y no faltó el bocadillo con el que mi madre me persiguió desde el momento que desembarqué: “¡tienes que comer!”
Caía la noche. Quedaban los últimos en irse comentando lo que todo aquello había representado. ¿Era un final o un principio? La Volta a Mallorca podía ser el inicio de otros proyectos en la misma dirección. El lema asumido es ‘mar, cultura, sostenibilidad y sociedad’, unos valores que nos gustaría gestionar con una masa crítica de navegantes conscientes.
El llaüt descansa ahora sumido en un período de reflexión valorando como vehicular el sentido de su navegación. Esperamos que pronto volvamos a soltar amarras.
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